jueves, 30 de julio de 2009

Amor Marcial

Ella, una joven alta y atlética; morena, su cabello trenzado colgaba sobre su cintura de avispa; la faz límpida albergaba profundos ojos negros, agresivos y tan atractivos como el vacío del espacio.

Él, alto y fornido; su cabello rubio ondeando su cabeza y una mirada penetrante acompañaban a un cuerpo robusto y fibroso; diríase que fuese capaz de arrancar árboles con sus brazos.

Ambos, dispuestos a luchar.

Es la hora de entrenamiento diario. Él y ella se conocen bien, entrenan juntos desde hace meses y son amigos confidentes, con algún roce de forma bastante habitual. Se les podría considerar buenos amigos, aunque últimamente aparentan ser algo más.

Tanto él como ella son muy agresivos, por lo que, desde siempre, decidieron desahogarse por medio de las artes marciales. Es su manera de expresarse y casi una filosofía de vida. Para ellos un buen “Randori” es casi tan excitante como el mejor de los orgasmos.

Cada uno se está preparando en sendos vestuarios, junto con sus compañeros y compañeras respectivamente. Él viste su traje sin ropa interior, es muy tradicionalista, y ciñe fuertemente su cinturón como si del amarre de un barco se tratase. Ella, siempre viste una camiseta interior bajo las ropas, cuestión de evitar percances comprometedores.

Al salir al “Tatami”, nada más saludar respetuosamente su lugar de entrenamiento, sus miradas se cruzan, y aunque mantienen buena relación con el resto de los presentes, por un momento parece que sólo existen el uno para el otro. La tierra podría abrirse entre ellos dos y no se perturbarían. Pensaréis que es amor o deseo, pero no, por sus cabezas en ese mismo instante sólo circula un deseo, vencer. Ha sido una mirada de rivalidad, ambos tienen deseos de superación y saben que son los dos mejores en ese “Tatami”.

Pero antes de poder luchar, lo primero es calentar el cuerpo. Unas vueltas rápidas al recinto y varios ejercicios de calentamiento sin apartar la vista el uno del otro. Saben perfectamente a quien van a elegir por rival.

¡Es la hora! Todos se congregan y saludan a su maestro. El orden es habitual, primero los iniciados y por último los más avanzados. Pasa más de una hora y ambos mantienen una mirada férrea, como si un cable de acero los uniera. Es su momento, por fin van a poder demostrar quién es el mejor.

Ella, aunque no lo aparente por su físico, es muy fuerte, aunque su fuerza reside en sus reflejos y velocidad. Él es menos rápido, pero tiene a favor no sólo su fuerza y resistencia, sino también un gran conocimiento del arte. Siempre le atrajo de ella su capacidad para sorprenderlo, pues tiene la costumbre de anticiparse a todos los ataques. Ella también se siente cautivada porque casi nadie era capaz de parar sus golpes, tan veloces que incluso a algunos jueces les costaba apreciarlos.

Un “Randori” reñido, no como los que cualquiera podría ver en un campeonato, pues su maestro era muy tradicional. Se trataba de un combate a la vieja usanza, hasta que uno de los dos se rindiera. Finalmente, gracias a su conocimiento y un poco de suerte, él consigue derribarla en un contraataque y ella se rinde exhausta.

Es momento de retirarse, todos marchan, pero ella indignada quiere más. No se siente conforme con el resultado. Quiere una revancha y la reclama. Él acepta encantado, será un placer volver a ganar. Su maestro, que tiene gran confianza en ellos, les deja las llaves del lugar y se retira, pues es tarde y tiene familia.

Se encuentran los dos solos y esta vez no habrá cuartel. Para él es una ventaja, pues conoce otras artes marciales y delante de su profesor debe de contener ciertas técnicas si no quiere ser corregido. Ella también lo entiende como una ventaja, siempre podría usar sus dotes de mujer y desconcentrarlo. Propone una ducha y ambos se retiran por un momento.

Ella aprovecha para deshacerse de su camiseta, además de sucia y maloliente le impediría poner en práctica ciertas estrategias. Todos han marchado y comienza la batalla por el honor.

Él nota algo distinto en ella, algo que le gusta más de lo habitual, pero no debe distraerse, su mente luchadora se antepone, sin embargo, ella lo ha percibido, ¿será parte del instinto femenino?

La disputa comienza, ella está decidida a ganar mientras que él parece haberse relajado un poco. En un primer momento el combate parece desigual, es un uno contra nadie, ella arremete una patada tras otra contra él, que parece ser incapaz de esquivarlas o de pararlas. La contienda es desigual y la victoria es claramente de ella, sin embargo él sonríe, una mueca entre dolor y gusto.

Acaba de entender que la ventaja de ella es la distancia, así que ya sabe qué hacer, en su siguiente ataque la agarra por el brazo, la desequilibra y la tumba en el suelo. Es en ese momento que sabe que ya ha ganado, una vez derribada será pan comido para él. La sigue al suelo y le hace una fuerte llave, asfixiándola mientras permanecen en el suelo, cuerpo con cuerpo, cara con cara.

Es en ese momento que sus miradas vuelven a cruzarse, pero esta vez es distinto, ambos están exhaustos, sus corazones palpitan fuertemente y tan cerca el uno del otro los pueden sentir mutuamente, el silencio es absoluto y pueden sentir su respiración e incluso como corre la sangre por sus venas. Ella empieza a perder el aliento, la batalla está ganada, pero… por un momento él deja de hacer fuerza en su cuello, momento que ella aprovecha para girarlo, con sus piernas aprisiona fuertemente el tórax de él mientras mantiene sus brazos sujetos contra el suelo.

Sin embargo, ella, aún teniéndolo sometido, no es rival contra sus poderosos brazos. Él, la agarra por el cuello y la espalda y inesperadamente no intenta alejarla sino que la acerca fuertemente aún más a él, se miran de nuevo fijamente, ahora saben que se trata de un empate, saben que no tiene sentido seguir luchando.

Sus labios distan pocos milímetros y lentamente se juntan en un acto tierno y a la vez violento, sensual pero brutal. Sigue siendo una batalla, aunque ahora el propósito no es vencer, sino ser vencido. Aprovechando la postura él le arranca impetuosamente el cinturón, la voltea y usa el cinturón para, de un cruce, inmovilizarle las manos por las muñecas mientras continúan besándose.

Para él los labios dejan de ser el centro de atención, decide probar su piel, su mirada es la de un león ante su presa, la de ella es la mirada del cazador que deja acercarse a la presa para no errar el tiro. Él empieza a morder su cuello, con la suficiente ternura como para que no le duela pero con el suficiente ímpetu como para que su adrenalina se dispare.

Es una lucha entre dos fieras, ambos desean dominar al otro. Ella no puede permitirse estar debajo, se libera de sus ataduras y arañando la espalda de su “agresor” lo voltea de nuevo y lo aprisiona entre sus piernas. Puede sentir como su miembro viril se excita bajo ella, se deshace de su cinturón y del de su actual presa y araña suavemente su torso mientras lo acaricia con sus labios.

Desciende poco a poco por sus abdominales accidentados y aprovecha para retirarle su última prenda. Su miembro está duro, excepcionalmente rígido, parece que fuera a explotar, ella lo desea, es parte de su caza. Lo prueba con la lengua, está cálido; lo muerde suavemente con sus incisivos para comprobar su textura, tierno pero a la vez firme.

Pero él no puede soportar la espera, se irgue y levanta a su atacante, la levanta agarrándola fuertemente por sus nalgas y la acerca contra la pared. Prosigue por donde lo dejó anteriormente y empieza a besar sus pechos, no muy grandes pero realmente firmes, sus pezones duros como piedras, los saborea con dulzura por un momento. Sus brazos firmes la sujetan y prácticamente no se puede mover.

Ella puede sentir su miembro entre sus piernas, nota como su vagina está más que humedecida, encharcada. Él, aparenta haberse aburrido de sus pechos y la desnuda por completo. Se agacha y se pone de rodillas frente a ella, sin dejar de apresarla fuertemente contra la pared. Empieza a lamer sensualmente su piel, empieza por el ombligo y continua por su pubis, levanta en el aire una de sus piernas para poder proseguir por el interior de sus muslos.

De repente, el silencio se interrumpe, ambos contienen la respiración y sus corazones casi dejan de latir, el sonido de una puerta los ha alertado. Se retiran velozmente al vestuario, su maestro ha vuelto, ¿qué harán ahora?

5 comentarios:

  1. ... no es que me haya dejado sin palabras... es que no quiero escribirlas.

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  2. Dios ayer cuando me comentaste lo de tu blog pensé buah cuatro chorraditas y tal... pero vaya te lo has currado, por cierto vaya tocho xd.

    Muakis de tu amiga Bea

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  3. Muy buena historia. Ardientemente romantica!

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